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Rincones de nuestro término: La casilla de Olimpia en la cuenca del Yeguas

Manuel Perales Solís

La historia de esta casilla, tan próxima al río Yeguas, se nos pierde en la noche de los tiempos, tanto o más, como apartada y lejana se encuentra en una ladera empinada del arroyo de los Caros. La finca de olivar donde se encuentra era una de las parcelas en que quedó dividida la antigua finca del Barranquillo a principios del XX. Este predio, en concreto, lo adquirió  un pequeño propietario de Marmolejo apellidado Vergara, por lo que con ese nombre fue conocida la casilla a principios del XX. Muy probablemente el tal Vergara fue antes que propietario, arrendatario de esta parcela de olivar, para terminar por comprarla, y fijar su  residencia  en  la  escabrosa ladera del arroyo  donde con total seguridad, años antes, se cultivaron viñas para la producción de vino de consumo doméstico y para venta a otras poblaciones, sobre todo a lo largo del XIX.

 

Curiosamente no muy lejos de aquí, en las proximidades del arroyo del Cañuelo y junto a las umbrías  de la Boca del Río, se encontraba el paraje de Las Cavas, de claras resonancias a la actividad vitivinícola.

Muy próximos a la casilla, dos pequeños manantiales, junto al cauce del arroyo, surtían de agua para las necesidades domésticas  y hasta para mantener un pequeño huerto con frutales. Aún se  conservan, cual reliquias entrañables, dos membrillos que hacia el otoño brindan sus dorados frutos. Además la proximidad a bellos parajes de laderas repletas de matorrales arbustivos, como los Menchones del Cañuelo, Boca del Río y Herradurilla, favorecían la cría de cabras, ovejas y cochinos, que luego al anochecer se guardaban en corralillos de piedra de azucareña.



Bien entrado el siglo XX, la casilla (ó lagar) fue comprada por Carlos Sánchez Solís, “Triguero” y su esposa María Rostaing Pinillos (1), para posteriormente, al cabo de tres o cuatro años, en diciembre de 1947, vendérsela al matrimonio formado por Antonio Soriano Medina (n. 1908-m.1988) y  Olimpia     Martín    García,   entrañables 

La casilla de Olimpia, al fondo el valle del Yeguas. Foto Manuel Perales.

personas que gozaron de gran aprecio entre los lugareños de aquellos pagos. Antonio era un perfecto conocedor de la zona pues se había criado en la cercana casería de Los Pobres, por entonces del  Marqués de Villalbo (2), donde sus padres, Francisco Soriano Molina, e Inés Medina Soriano, ejercían de caseros. Asimismo sus abuelos, Antonio Soriano y María Molina, lo habían sido desde 1886 hasta 1932.

Nada más adquirir esta finca de olivar de aproximadamente 500 plantas, el matrimonio marchó a vivir durante todo el año con el hijo primogénito, Antonio, que tenía tan solo dos años y, en ocasiones, los padres de Olimpia, Francisco Martín Barea y Juana García Casado, le acompañaban por temporadas. Cuando la abuela quedó viuda en 1962, se marchó a vivir con ellos. En los años sucesivos al matrimonio le nació   una niña, Juana, y un varón, Francisco.
La casilla de Olimpia, que así es como en estos tiempos se le conoce,  disponía de un portal y cocina, dos cuartos, un trastero y una cuadra, más tres corrales sin techo para el ganado doméstico, según la escritura de compraventa de 1947.

El padre de Olimpia, Francisco Martín Barrera era un pequeño ganadero dedicado a la cría de ovejas, a cuyo cuidado ponía a los hijos mayores. Un buen día estaban pastando con ellas en el camino del Baldío (sería el mes de septiembre) cuando un sacerdote, “el cura Moreno”, conocido hacendado de La Fuensanta de Martos y asiduo  aguanoso al que gustaba  pasear por aquellos pagos, se quedó gratamente sorprendido por la buena presencia de aquel rebaño. Dado que también él era ganadero preguntó a los zagales por el dueño de las ovejas. Satisfecha su curiosidad el buen hombre entabló al día siguiente sincera  amistad con Francisco, brindándole sus fincas de pastos en la Fuensanta para que se fuese allí durante el verano “pues agua en abundancia y buenas praderas no le iban a faltar”; por lo que allí se encaminó la familia entera al siguiente año para vivir en una casilla de aquella agreste serranía que el cura les había adecentado. Juana, la mujer, iba ya en cinta y al poco tiempo dio a luz una niña. Cuando nació la pequeña, la mujer de otro pastor vecino que ayudó en el parto, ante las dudas que surgían en cuanto al nombre a poner,  convino en sugerir el de la santa Olimpia quizás por ser la onomástica del día. Así se hizo y en aquel pueblo se le bautizó con tan sonoro y bello  nombre por el que años después sería conocida la casilla del olivar serrano marmolejeño. Todo esto ocurría en los años iniciales del siglo XX.

Francisco Martín Barrera (1880-1962). Foto gentileza de la familia Martín-Soriano.

Las tareas, que ocupaban a la familia comprendían  las relativas al cuidado de los olivos: podas, quemas de ramones, arancias, desvaretos; preparación de suelos  para luego recoger bien el fruto, etc. Hacia comienzos de octubre (“San Francisco el zorzalero”) entraban los zorzales y Antonio, hábil conocedor de las artes de la caza, se encomendaba a ella casi por entero como complemento al sustento familiar. Y es que toda la zona presentaba en aquellos años rincones generosos en cualquier tipo de caza menor.

La casilla de Olimpia fachada trasera. Foto Manuel Perales

“El zorzalero”. Cuadro pintado por Jofra .

Muchas noches antes de la cena, Antonio cogía una paleta de guisar y un candil en la otra mano y en menos que canta un gallo se presentaba con dos o tres vejetas del arroyo. Mientras  Olimpia se empeñaba en las tareas del huerto que tenían en el arroyo, Antonio  cazaba  conejos, perdices, codornices, y cuando entraba el zorzal, usando las artes de la chifla y de la liria, era capaz de conseguir cientos de ellos. Buen conocedor de este método, construía sus puestos de chifla en las laderas de los arroyos del Cañuelo y del Barranquillo y en las laderas de los Menchones del Cañuelo dando al Yeguas.

En todos estos lugares cercanos  había paso natural de zorzales, que por aquellos años abundaban pues las artes de caza eran menos agresivas y por tanto favorecían la conservación de las especies. Se mantenían, por otro lado, muchísimos lindazos repletos de vegetación y monte, que favorecieron la proliferación de una variada avifauna. Este recurso natural excepcional supondría, en muchos casos, la única posibilidad de ingresos económicos para muchas familias jornaleras que tras la recogida de las aceitunas sufrían  periodos estacionales de paro hasta la llegada de las siegas en la campiña.



Con las piezas cazadas Antonio marchaba al pueblo con su mulo para venderlas a un recovero que vivía en las Vistillas. Con el dinero ganado la familia se proveía de provisiones  para que en un par de semanas no tuviesen necesidad de volver por Marmolejo. Tras la recolección Antonio Soriano se empeñaba en tareas de poda del olivo con  cortaores tan afamados como Manuel Moreno, Manuel Garrido y Los Leandricos. Estas tareas se alargaban  hasta final de abril o principios de mayo, según venían los años.

Hacia 1960, con la constitución del grupo de regantes de Las Torrecillas y la puesta en riego de las tierras del Ruedo de Marmolejo, donde la familia poseía una parcela en el lugar de Los Gibraltares,   limitarían sus estancias en las casilla al otoño y al invierno, pues desde la primavera ya se venían al pueblo a preparar la huerta de verano (3).

De nuevo hacia el mes de octubre los zorzales esperaban en la cuenca del Yeguas y la familia cargaba los mulos del ajuar más imprescindible para marchar a la casilla. Ya por estos años, Antonio, el mayor de los hijos marchaba con Olimpia a las cuadrillas de La Aviadora, haciendo pareja con su madre para recoger las aceitunas del suelo, y cada esportón que llenaban juntos le hacían acreedores de una chapa que les entregaba un capataz de la cuadrilla apodado “Cuscurrón”. Aunque ganaban todos lo mismo, es decir, el jornal base, sin embargo quien más chapas juntaba al final de la jornada podría presumir ante el señorito o sus capataces de ser mejor trabajador/a.  Un método injusto que solamente contribuía a suscitar piques y desunión entres las distintas parejas de aceituneros

En esos años en la cercana casería del Cañuelo se alojaban muchas familias empeñadas en la recolección, entre ellas la de Juan Martínez Cano “Matarratas”, y  Rosario Castillejo Real. Juan “Matarratas”, como así era popularmente conocido, era capataz de una de las cuadrillas de Catalina Navarro Parra “La aviadora”, y solía vender vino en el Cañuelo no solo para los aceituneros que allí residían, sino para el resto de caseros y trabajadores de las caserías y casillas de los alrededores donde también se hospedaba la familia de Francisco Martínez, el hermano de Juan, o la familia Zamora-Buenafuente, en la cercana casilla de La Paula.

 

Otro dato interesente a destacar era el trasiego de jóvenes aceituneros que provenientes del Cañuelo transitaban por la vereda que pasaba delante de la casilla con dirección a la Herradura Parra y otras cercanas caserías del Charco Novillo. Eran jóvenes en busca de las muchachas aceituneras que vivían en esas caserías para pasar un  buen rato o buscar  compromiso de casamiento. El lagareo empezaba  a la caída de la tarde y se prolongaba  hasta bien entrada la noche con amenos bailes y cantes que se solían acompañar de instrumentos musicales como la guitarra, el acordeón o la bandurria; por supuesto que nunca faltaba el vino; el aguardiente y una rica variedad de dulces caseros realizados por las propias mujeres en los hornos de las caserías. (4).



En la actualidad esta casilla se mantiene aún bien conservada por la familia Soriano-Martín, constituyendo probablemente el único testigo en pie de los antiguos lagares, o casillas de labor, que existieron en el pago serrano de Cerrada durante los siglos XVIII y XIX.

Olimpia Martín García y Antonio Soriano Medina. Foto gentileza de la familia Soriano-Martín.

Casería de Los Pobres, donde Antonio Soriano pasó su infancia cuando aún pertenecía al marqués de Villalbo.

Notas:

 

(1) Carlos Sánchez Solís, pequeño propietario y comerciante dedicado al negocio de abacería, venta de granos, vinos y ultramarinos, presidió la corporación municipal en el periodo republicano de centro-derecha (marzo 1934-febrero 1936). Perteneció al partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, ocupando la presidencia del comité local de dicho partido que tuvo sede social en el Centro Republicano de la calle San Antonio, nº 8. Su esposa era la hija del propietario del famoso hotel de Los Leones, Antonio Rostaing Soullard.

(2) El marqués de Villabo era D. Manuel López Sagredo. Este título de naturaleza pontificia, le fue concedido con carácter personal por León XIII, el 29 de febrero de 1884. Poseía en el término de Marmolejo un importante capital rústico representado en fincas como Los Pobres y Herrero. También dispuso de casa solariega en la calle Perales, hoy día, perfectamente conservada por sus herederos. Fuente consultada: “Relación de Títulos nobiliarios vacantes” de María Teresa Fernández-Mota de Cifuentes. Madrid 1984.

 

(3) El matrimonio de Antonio y Olimpia tuvieron distintos lugares de residencia: recién casados vivieron de alquiler, en un cuarto, en la calle del Calvario, luego en la calle de Las Huertas y definitivamente desde 1967 en la calle Jesús, frente al molino del médico Perales (Testimonio de D. Antonio Soriano Martín).  

(4) Recuerda Antonio el trasiego de aceituneros delante de la casilla a la caída de la tarde. Muchos se paraban y echaban un rato de tertulia y de vino con su padre mientras referían las anécdotas de la jornada. (Testimonio del hijo de Olimpia, Antonio Soriano Martín, nacido en 1945. Mi agradecimiento a Juana y Francisco Soriano Martín que me cedieron las fotografías de sus padres y abuelo.).

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